Fredy

Querido Fredy:

Ya hace como 25 años que nos conocimos. No es cierto. Aunque sea más grande que tú, no soy taan grande, pero sí hace ocho años que nos vimos por primera vez. Sé que tiene mucho tiempo que no sé de ti, pero sé que te acuerdas de mí. Tenías sólo 14 años y ya estabas viajando solito por México para llegar a Estados Unidos. Venías desde Honduras. Desde que nos conocimos nos hicimos mejores amigos. Yo, con sólo 18 años, era muy susceptible a encariñarme con los migrantes y contigo así fue. Me acuerdo muchísimo de ti porque fuiste el primero que me hizo entender que mi mundo no era el de la mayoría de las personas.

¿Te acuerdas de tu cumpleaños? Creo que cumpliste 14 años a los pocos días de estar en la Casa del Migrante y yo, como nueva voluntaria emocionada, te compré un pastel para que lo partieramos. Me acuerdo que me contaste que a tu papá lo mataron en Honduras y justo ese día platicaste que el mejor día de tu vida había sido un cumpleaños en el que tu papá te regaló un refresco. Un refresco.

Muchas cosas pasaron ese año de voluntariado. Te expulsamos de la casa por mal comportamiento, descubrí que la gente no es buena ni mala, me enamoré por primera vez, me convertí en alguien que llora por todo, me hice fan de las barritas de piña, platiqué con mareros, abracé mareros y las fechas de caducidad dejaron de importar.

¿Sabes que es lo más interesante, Fredy? Que todo lo que pasó ese año lo esperaba, cuando uno toma un salto de fe de ese tamaño sabe que lo único constante será el cambio. Lo único que no esperaba fue mi futuro. El giro que dio mi vida desde entonces que me llevó a ser ahora una godín trabajadora del imperio. A veces me pregunto qué dirías o qué diría la Gina que conociste. La agerrida voluntaria, regordeta, despeinada, apasionada y chillona.

En algún punto. No sé como, ni sé con qué pretexto, diría Benedetti, me alejé casi por completo de estos temas. Decidí que podía leer de desigualdades, de sexismo, de política, de pobreza, pero hace un rato que casi me había olvidado de lo que era trabajar para personas como tú. Un poco inconscientemente decidí que mi existencia era insignificante, que la iba a vivir lo mejor que pudiera sin culpas católicas de por medio y que siempre me daría permiso de caminar por donde se me diera la gana. Creo, genuinamente, que estaba decepcionada. Que el año en Saltillo me quitó la esperanza en cualquier tipo de trabajo colectivo y voluntario, pero hace algunos meses encontré una organización que me hizo volver a creer y me regresó las ganas de luchar.

Luchar en pequeñito y en femenino, como deberían ser todas las luchas. Sin tanto ego, sin tanto protagonismo, sin tanto estruendo de por medio. Luchar con batallas chiquitas. Con los pasitos que, diría Galeano, nos acercan a la utopía y con los cantos que impedirían que la canción se haga ceniza. Encontrarme esta organización ha sido como volver a casa. Como si nunca hubiera dejado de pertenecer a esta bola de locos que creen que otro mundo, otra política y otro país es posible. Yo no lo hago por mi país, por eso te escribí esa carta a ti a quien mi país le hizo tanto daño, lo hago porque creo en nosotros, en la colectividad. Creo en los otros que, diría Volpi, son nuestra única certeza. Creo en apostar por construir con los demás y creo que ésa es la única forma de combatir el egoísmo que nos define y también nos separa. Que es la única forma de trascender, de amar, de vencer la separatividad, diría Fromm.

Lamento mucho que nunca nos hayamos vuelto a escuchar y lamento más que hayas tenido que cruzar la frontera con una mochila de mariguana, que fue lo último que oí. Lamento la vida que tuviste y la que estás teniendo. De cualquier manera, quisiera que supieras que trascendiste que tú, y tantos otros, me enseñaron mucho y que si te sirve de consuelo, sí hay más gente intentando que tu historia no se repita más.

Un abrazo,
Gina

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