Erika Valtierra

D.

De todas las personas que amo (y me aman), estoy consciente de que eres el que menos comprende qué le veo yo a esta campaña; también reconozco que, desde diciembre, desde ese día uno de recolección de firmas, me has apoyado y has intentado entrar a mi cabeza para entender – y eso es muy bello–. Me quedó claro cuando me preguntaste: “¿Qué es lo que te gusta de estar ahí? Realmente quiero saber”, hace unas noches. Me agarraste en curva y di el mejor resumen de 30 segundos que se me ocurrió.

Pero aquí puedo y quiero explicar por qué me enamoré (y sigo enamorada) de este proyecto.

La historia de cómo decidí entrar casi no la cuento. Lo más fácil es decir que se trató de una mezcla de Fui a un encuentro de la Wiki hacía unos meses y me gustó un montón su modo de trabajo, más Soy pésima para decir que no a las cosas, más Fui convencida por la persona correcta en el momento correcto. Pero la neta es decidí en un momento muy específico.

¿Recuerdas que después del 19S el departamento quedó con una que otra fisurilla y decidimos medio reconstruir? ¿Y recuerdas cuando, no hace mucho, te dije que el miedo después del sismo me duró varias semanas (como a cualquier persona que lo vivió, básicamente)? ¿Recuerdas cómo parecía que estaba un poco encerrada en mí misma? Era porque seguía recordando los días en zona cero; a eso súmale mi fin de semestre y el constante ruido de las reparaciones. Uno de esos días, mientras limpiaba mi cuarto, me medio encerré en el closet y me senté como pude. Estaba muy estresada, y con eso concluí – de alguna manera que yo tampoco entiendo muy bien que digamos – que quería apoyar la causa de lleno: “Voy a decir que sí, así que más me vale no arrepentirme porque todo mundo me va a matar cuando sepan que estaré metida en cosas de política”. Agarré el celular, y con el corazón latiendo a toda velocidad (como cada vez que tomo una decisión tajante), escribí un mensaje y ¡listo! Luego tuve que salirme de donde estaba, porque el encierro es muy malo cuando decido cosas de golpe.

Y como cada vez que tomo una decisión tajante, fue la intuición mezclada con argumentos sólidos lo que me llevó a ella. El resto de los días me han confirmado que haberme unido a una campaña que va mucho más allá de una curul es de las cosas más bonitas que he podido vivir. Hay cuatro cosas por las que lo sé:

  1. Hace algunos años un par de mujeres a las que quiero tanto como las admiro, me enseñaron que lo personal es político. Para alguien como yo, que se pasó toda la preparatoria – y un pedazo de la Licenciatura – haciéndole el feo a los temas políticos, fue como si un rayo me partiera: ¡¿a qué hora nos lavaron tanto el cerebro que decidimos negar que el contexto político nos atraviesa?! ¿A qué hora cedimos el poder que, en realidad, deberíamos tener? ¿Cómo se pueden construir comunidades sin entender nuestra responsabilidad como agentes políticos? En cada brigada, cuando hablo con vecinas y vecinos, me pregunto esas tres cosas.Y como yo decidí dejar de cruzarme de brazos, quiero que el resto de las personas se rebelen también.
  2. Hablando de caminar las calles, esta actividad me ha permitido conocer otros aspectos de mí que no sabía que existían. ¿Puedes creer que ya no se me hace (tan) incómodo hablar con gente que no conozco? ¿Que ya me acostumbré (y hasta me agrada un poco) a hablar por teléfono? Suena a una razón muy boba (porque cómo me atrevo a hablar de lo que pasa en mí y no de cosas más generales, como, no sé, que esto es de, por y para el pueblo, ¡viva la Revolución! #VamosAReemplazarles), pero igual es poderosa.
  3. Suena raro, pero he aprendido que me gusta hablar con las personas en un contexto ajeno a la profesión, aunque sea por un corto tiempo (que, en contexto de brigadas, es una eternidad; pero no puedo hacerlo más rápido, no me sale, demándenme si quieren). Me encanta ser parte de un equipo al que realmente le importa hacer algo por nuestras comunidades. Aunque, ahora que lo pienso, sí hay algo que me saca mucho de onda de la campaña. En cada discurso de Roberto donde habla de “nosotras, las personas comunes”, me pregunto cuál es su definición de la palabra “común”, porque en estos meses no he conocido a nadie que encaje en esa descripción: las personas de las colonias tienen historias tan diversas como admirables (¡amo, amo, amo escucharlas!), que me recuerdan que si este país sobrevive no es de puro milagro, sino por la capacidad de no dejarse vencer de un gran porcentaje de su gente; pero, además, este enorme equipo con el que trabajo es brillante y comprometido a niveles que yo no había visto antes. (A menos que esa sea la definición de común; si sí, debe ser de las palabras más bonitas del español.)
  4. La última es que, como dirían los de Panteón Rococó, quiero y amo (muchísimo) a esta “mierda de ciudad” y lo sabes (igual que lo sabe toda mi familia y cualquier persona que me conozca). Sí, como cualquier persona detesto el tráfico, no soporto ahogarme en contaminación (aunque soy parte de ese grupo masoquista que se enorgullece de sobrevivir con los pulmones hechos trizas) y agradecería un mutuo respeto al espacio personal en el transporte público a la hora pico; pero lo que de aquí me gusta puede más. No sé cómo funcione el resto del mundo, pero me gusta que aquí nos vendan chucherías y agua (y planetas heladas en época de calor; gorditas en algunos puntos) en los altos. Me gusta el ruido del metro que hacen los vagoneros cuando venden audífonos a $20 y ver a usuarios incautos a los que les quedan burbujas pegadas a la cabeza. Me gusta caminar entre árboles que dan sombra (¡y cómo quisiera que hubiera más, muchísimos más!) y ver las jacarandas y bugambilias (la única cosa que tiene de buena la primavera). Amo esta ciudad porque es un reverendo desastre, pero igual nos organizamos de manera implícita cuando es necesario, no importa si es para cruzar Eje Central en filas o para ayudar después de un sismo devastador. Esta ciudad es un mundo donde existen muchos mundos. No conozco todos (de hecho, casi ninguno) y, sin embargo, sé que ella permea mi cuerpo. Lo ha hecho durante 25 años y no lo cambiaría por nada.

Son cuatro cosas que me hacen querer una ciudad distinta. No: quiero un país distinto. Aunque con esto me veas como demasiado inocente, quiero un México donde las políticas públicas estén basadas en evidencia; donde haya fiscalías autónomas; donde la desesperanza abrumadora, de repente, ya no sea la norma. No puedo no pensar en que me gustaría vivir aquí sin miedo a que me desaparezcan, violen y/o maten por soy mujer o porque soy estudiante; de verdad quisiera que mis amigos médicos tuvieran la infraestructura y los recursos para trabajar como deben (y que, de paso, sus vidas no estén en riesgo durante el internado, el servicio social o la residencia). Anhelo que la gente que amo (incluyéndote) tuviera un futuro menos incierto; daría un pulmón (y cualquier otro órgano) por que mi hermana y mi cuñado pudieran regresar y trabajar aquí si así lo quisieran, en lugar de formar parte de la fuga de cerebros porque no hubo de otra.

Sabes que mi gran propósito en la vida es trabajar por un México donde haya perdón, pero no olvido, y que seamos un verdadero refugio para quienes vienen huyendo del dolor y del miedo. ¡Todo eso son distancias larguísimas (a veces las veo hasta infinitas) para recorrer! Y, de todos modos, estoy segura de que esta candidatura, esta propuesta viable y honesta, es un gran primer paso. Por eso estoy aquí y por eso aquí me quedo.

No pretendo cambiar tu opinión, pero aquí está la explicación que hubiera querido darte en esa plática. Otra vez, gracias por acompañarme desde el inicio, incluso si nunca te había dicho con tanto detalle lo que siento como voluntaria; me gusta un montón sentirme escuchada/leída y ser esa versión de mí que habla sin parar cuando algo le apasiona. Ojalá un día te pueda contagiar este entusiasmo (sabes que lo intento todo el tiempo, y no estoy para arruinarte mis sospechas, pero estoy casi segura de que lo lograré).

¡¡Te amo!!

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