Daniel Vera

Querida mamá:

Siento que he vivido dormido y aún no me despierto del todo. A veces quiero volver a dormir viendo películas, saliendo de fiesta con amigos, pero para bien o para mal la ciudad no te deja. Quizás algún día viva en un lugar más tranquilo, pero de momento soy adicto a este desmadre. He aprendido en los 6 años que llevo aquí, que aún en los lugares más aislados, aún en los barrios más enclaustrados, la ciudad siempre se impone. Siempre te recuerda que estas en ella tomando la forma de acentos, ruidos de claxon, granizo, peleas callejeras. Hay veces que quiero deprimirme porque algo sale mal, pero un rayito de belleza casi siempre me lo impide. Otras veces la belleza es tan intolerable que por comparación recuerda a todo lo feo. El otro día me subí al metro con ganas de pensar en mi cuando al vagón entró un ciego tocando la guitarra con una voz tan unánime que era imposible no sentirte tocado, humilde y simpatético por su condición de vagonero.

Algo parecido me pasó recientemente que estaba con mis amigos en el parque cuando la barrendera de aquella zona se nos acerco a pedirnos trabajo, luego a pedirnos ayuda para que el que actualmente tiene fuera más digno. En un punto rompió y comenzó a enlistar sus dolores, a contarnos de lo maltratada que se siente por sus jefes, de lo mucho que le pesa no poder comprarse unos tenis como los que nosotros traíamos puestos y darle unos iguales a su hijo. De lo dura que es la vida. Luego con lágrimas en los ojos se le quedó viendo a una amiga y le dijo “es muy difícil ser mujer”, cómo si para mi amiga ser mujer fuera algo distinto que para ella y probablemente lo sea. Probablemente para ti también, aún con lo mucho que has vivido, con tus sacrificios, con lo difícil que fue criarnos a mi y a mis hermanos. Especialmente a mi. Probablemente sólo los pobres de México sepan lo que es sentirse tan despreciados. A veces pienso en esas historias de miedo y llanto que suceden en mi natal Villahermosa o en delegaciones como Tláhuac, dónde vive esta señora, que me hacen pensar en el país que hemos creado. ¿Qué hemos hecho como sociedad para que alguien diga “si yo no le importo a nadie, nadie me importa a mí”? ¿De qué estarán hechas estas bases que hoy nos hacen creer que ser mexicano significa aceptar lo injusto?

Siento que desde que deje de creer, cada día me acerco más a la vida de Cristo buscando respuestas. Pienso en sus seguidores que tenían que esconderse bajo tierra para practicar su religión porque venía preñada de la idea revolucionaria que toda la gente era creada igual en un tiempo donde se creía que los derechos llegaban por la sangre. Te pido disculpas por las cosas que digo cuando se me mete el diablo en una pelea, pero en la guerra a veces se confunden los bandos y yo estoy en guerra contra todo lo que actualmente significa para muchos ser mexicano. Y si eso hace que vaya en contra de la historia, pues prefiero seguir dormido antes que aceptar esa porquería.

Recuerdo otra vez a ese músico ciego que un día entró escurriéndose entre la gente con su guitarra en un vagón de hora pico cantando “Libro abierto”, en la mejor versión que he encontrado hasta ahora, la suya, pensando que esta ciudad tiene tanto potencial el cual ahorita se desperdicia porque en lugar de hacer cosas para transformarla la mayoría estamos demasiado ocupados siendo miserables. Por eso he decidido que si estoy consiente de que todo esta tan jodido, tengo que dedicar mi vida en servir a los demás para construir la paz.

Me duele mucho pelearme contigo, ojalá algún día estemos de acuerdo en más cosas, pero prefiero que ahora te sientas orgullosa de mi. Quiero que sientas que has hecho personas íntegras y yo por mi parte tengo que probar lo que valgo. No soy el único así, me di cuenta durante el temblor.

Te amo y por esto hago las cosas.

 

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