Citlalli López

Querido Lucio (mi luciérnaga):

En 2006 voté por primera vez y vi con dolor y rabia cómo mi voto fue robado y, con ello, un poco de mi fe en la democracia, o más bien en el sistema electoral mexicano. Lloré hasta quedarme dormida, lloré hasta que recordé que la rabia que se queda encerrada en el cuerpo pudre el alma y yo no quise que eso me pasara a mí.

Busqué, entonces, a quienes compartieran el mismo sentimiento, me abracé a ellxs, salimos a las calles, gritamos, ocupamos el espacio público y exigimos que se limpiara aquel fraude grosero y que tanto nos estaba lastimando. Pero no pasó… y entonces creí que no había sucedido nada.

En los años posteriores me convencí a mí misma de que por la vía electoral no se iba a conseguir nada y me refugié en la que ha sido nuestra casa desde entonces: la educación popular; asumí como trinchera el diálogo con la gente, la construcción de espacios colectivos de paz que fueran semilleros de una transformación que viniera de la gente organizada en los espacios cotidianos. Me convencí de que este sería el único camino que andaría para construir un pedacito de mundo más justo, y me encargué que desde ahí aprendieras lo que es el trabajo, la comunidad, la solidaridad, el valor de la palabra y la dignidad.

Desde que estabas en el vientre ocupaste conmigo esos espacios, después en el rebozo comenzaste a mirar el mundo y a gritar conmigo en marchas y manifestaciones, en memoriales dolorosos y en encuentros esperanzadores, como los que tuvimos en 2012 con todos quienes cuestionaron nuevamente el panorama político. En ese momento, a pesar de que salimos a las calles –como lo hacemos cada que el corazón nos arrastra a ser nosotrxs con la gente de esta ciudad- otra vez, decidí mantenerme al margen de la elección, creyendo, nuevamente, que ahí no estaba la respuesta para transformar de fondo nuestro país o nuestra ciudad siquiera. Y, al ver el resultado de aquella jornada, también creí que no había sucedido nada.

En los últimos años me has acompañado a seguir construyendo desde abajo, ocupando los espacios que nos rodean, buscando llenarlos de esperanza y desde ahí organizar la rabia en colectivo, con el intercambio de saberes, con el tejido del nosotrxs. Sin esperanzas, llegué a este 2018, como otro momento álgido en la arena política de la que ya no quería saber nada, pero resultó que había algo que se me estaba escapando de la vista: en estos años sí había estado sucediendo algo, sí hubo quienes organizaron la rabia y la indignación para ocupar no sólo –aunque también- los espacios comunitarios, sino los lugares para la toma de decisiones en este país. Y eran lxs de entonces: lxs de la esperanza herida en 2006, lxs del grito contundente en 2012, lxs que se habían decidido –igual que nosotrxs- a no soltarse, a ser comunidad en las buenas y en las malas. Eran lxs de entonces, pero eran otrxs más, gente común, como nosotrx, gente queriendo transformarlo todo, como nosotrxs.

Ver el bosque que están construyendo, me hizo, de inmediato, salir a buscarles, querer caminar con ellxs para reconstruirlo todo: la esperanza, la comunidad, la fe, la voluntad y sobre todo esta #QueridaCiudad por eso, luciérnaga mía, estamos ahora en este nuevo nosotrxs porque la candidatura de Roberto es uno de los tantos caminos por andar y espero que tú, como yo, estés dispuesto a andarlo, en colectivo, con aquellxs a quienes hemos encontrado ahora y de quienes estamos aprendiendo tanto; espero que estés contento de andar conmigo este camino con esa furia alegre que nos guía para seguir construyendo un mundo en el que, como dice Freire, “sea menos difícil amar”.

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