Armando Sobrino

A mi compañera de aventuras y sueños, Ana:

Tú lo sabes, esta campaña me ha cambiado la vida. He conocido personas maravillosas y he aprendido más que en cualquier otro momento, pero también, esta campaña es el cierre de un ciclo personal y, en alguna medida, una vuelta al origen.

Hace 6 años fundamos una organización, Wikipolítica, para contribuir a crear un mejor país. Nos llamaron ingenuos, locos, ilusos y, en la mayoría de los casos, nos ignoraron. A tres años de la victoria de Kuma en Jalisco creo que puedo decir que nos falta mucho por hacer, pero vamos por buen camino. Hoy, somos miles las personas que creemos que es posible hacer política de forma honesta y colectiva. Las 17 candidaturas independientes de Vamos a Reemplazarles son prueba de ello.

Pero todo esto lo sabes, lo hemos vivido juntas. Lo que no sabes, en gran medida por qué logré entenderlo hasta hace muy poco, es que me trajo y que me mantiene aquí.

Era 2008, mi papá llevaba un año desempleado porque el dueño de la compañía se había declarado en bancarrota y había huido a Canadá. Estábamos a punto de mudarnos a una casa más pequeña, en una zona popular, pues ya no podíamos pagar la renta y ya no quedaba nada que vender. El banco había embargado el coche y las tarjetas de crédito estaban a tope.

Un día mi mamá me llamó emocionada y me dijo que había ganado una rifa. M explicó que, para recoger su premio, el interventor le pedía el código de cinco tarjetas de 200 pesos para recarga de celular. Mi primera reacción fue de incredulidad y, a pesar de su sonrisa, se lo dije: “es una estafa”. Mi hermano lo confirma. Mi mamá llora. Mi hermano, frustrado, alza la voz y, finalmente, ella responde: “es mi decisión, déjenme tener esperanza”.

Todavía recuerdo lo que sentí. Me derrumbé. Tomé los mil pesos y fui a comprar las tarjetas. La tienda estaba apenas a una cuadra pero jamás he caminado un trayecto tan largo. Sentía frustración, impotencia y coraje, pero también la sensación de que algo crecía en mí; que esto no podía quedarse así. Sentí, ahora lo sé, eso que los zapatistas llaman, la digna rabia.

Volví a casa y di las tarjetas a mi mamá. Recuerdo su voz al teléfono “mis hijos no le creen ¿verdad que no es una estafa?”. Supongo que el hombre le dijo que no y ella, uno tras otro, le dio los códigos. Silencio. Lo vi en sus ojos. No tenía que decírmelo. El hombre había colgado y ese último resquicio de libertad y esperanza se había esfumado con el tono intermitente de un teléfono cortado. Mi mamá perdió la ilusión y, durante mucho tiempo, yo perdí a mi mamá.

Semanas después nos mudamos a la nueva casa. Fueron tiempos difíciles pero también tiempos de mucho aprendizaje y calidez. Al inicio de esta carta te escribía que esta campaña, para mí, ha sido también una vuelta al origen. Me ha obligado a pensar porque hago lo que hago y después de mucha introspección, me he dado cuenta de que lo que viví esos años fue la razón inicial.

Y es que conocí la rabia pero también la esperanza.

Perdimos mil pesos en una estafa telefónica debido a la amabilidad y confianza de mi mamá pero también mi familia siempre tuvo lo indispensable gracias a esta misma amabilidad y confianza, gracias al amor que ha sembrado durante toda su vida y claro, gracias también a mi papá que en ese entonces se encontraba en otras ciudades buscando trabajo.

Cuando ya no pudimos pagar la renta, un amigo de la familia se hizo cargo; cuando el refrigerador quedó permanentemente vació, las invitaciones a comer se multiplicaron; cuando el calor hacía imposible caminar a la escuela, siempre alguien se ofreció a hacer una parada extra. Gracias a la amabilidad y confianza de mi mamá, mi hermano y yo aprendimos que el mundo está lleno de injusticia pero también de gente buena, de esperanza.

Sin todo ese apoyo, sin toda esa ayuda, no sé qué habría sido de mí. Le debo la vida y lo que soy a esas personas.

La rabia y la esperanza. El enojo pero también el amor me llevaron a dedicar mi vida al servicio público.

Sin embargo, mi familia es solo la mitad de la historia.

No basta con tomar una decisión, hay que seguirla. Una de las personas que más me ayudó en esos años difíciles es la misma que me sigue impulsando, día a día, a ser congruente, a seguir trabajando, a tomarme en serio nuestros sueños.

Hace 10 años, Roberto y yo llegamos a la Ciudad de México. No se lo digas pero no sé qué sería de mi vida sin las conversaciones que me convencieron de estudiar y luego hacer política; sin su apoyo en los momentos difíciles; sin sus constantes cuestionamientos; sin sus comentarios incómodos para obligarme a tomar riesgos. Gracias a Roberto conseguí mi primer trabajo, encontré mi vocación y, bueno, también gracias a él te encontré a ti.

Y no es casualidad. Yo no me habría atrevido a hablarte. Roberto siempre ha sido más valiente. Fue él quien me convenció de que una organización como Wikipolítica no solo era una buena idea sino una posible. Fue él quien me enseñó que a veces hay que dejar de pensar y comenzar actuar. Fue él quien, llegado el momento, decidió dar un paso al frente y poner su rostro, reputación y trabajo al servicio de nuestro sueño. De esta campaña.

Roberto siempre ha sido el corazón de nuestro equipo, el paso incesante que nos empuja a seguir caminando. No siempre es prudente o templado pero siempre, siempre es valiente y, más importante aún, es una persona que infunde de valor a quienes rodea. No podría pedir un mejor amigo o un mejor compañero de lucha.

Rabia y esperanza. Decisión y acción. Ésta es la historia que estamos escribiendo y no podría estar mejor acompañado: de ti, de Roberto, del equipo de campaña y de las personas admirables que se han unido a esta lucha.

Ana, gracias por darme la oportunidad de caminar a tu lado.

Con todo el amor,

Armando

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Fredy

Querido Fredy:

Ya hace como 25 años que nos conocimos. No es cierto. Aunque sea más grande que tú, no soy taan grande, pero sí hace ocho años que nos vimos por primera vez. Sé que tiene mucho tiempo que no sé de ti, pero sé que te acuerdas de mí. Tenías sólo 14 años y ya estabas viajando solito por México para llegar a Estados Unidos. Venías desde Honduras. Desde que nos conocimos nos hicimos mejores amigos. Yo, con sólo 18 años, era muy susceptible a encariñarme con los migrantes y contigo así fue. Me acuerdo muchísimo de ti porque fuiste el primero que me hizo entender que mi mundo no era el de la mayoría de las personas.

¿Te acuerdas de tu cumpleaños? Creo que cumpliste 14 años a los pocos días de estar en la Casa del Migrante y yo, como nueva voluntaria emocionada, te compré un pastel para que lo partieramos. Me acuerdo que me contaste que a tu papá lo mataron en Honduras y justo ese día platicaste que el mejor día de tu vida había sido un cumpleaños en el que tu papá te regaló un refresco. Un refresco.

Muchas cosas pasaron ese año de voluntariado. Te expulsamos de la casa por mal comportamiento, descubrí que la gente no es buena ni mala, me enamoré por primera vez, me convertí en alguien que llora por todo, me hice fan de las barritas de piña, platiqué con mareros, abracé mareros y las fechas de caducidad dejaron de importar.

¿Sabes que es lo más interesante, Fredy? Que todo lo que pasó ese año lo esperaba, cuando uno toma un salto de fe de ese tamaño sabe que lo único constante será el cambio. Lo único que no esperaba fue mi futuro. El giro que dio mi vida desde entonces que me llevó a ser ahora una godín trabajadora del imperio. A veces me pregunto qué dirías o qué diría la Gina que conociste. La agerrida voluntaria, regordeta, despeinada, apasionada y chillona.

En algún punto. No sé como, ni sé con qué pretexto, diría Benedetti, me alejé casi por completo de estos temas. Decidí que podía leer de desigualdades, de sexismo, de política, de pobreza, pero hace un rato que casi me había olvidado de lo que era trabajar para personas como tú. Un poco inconscientemente decidí que mi existencia era insignificante, que la iba a vivir lo mejor que pudiera sin culpas católicas de por medio y que siempre me daría permiso de caminar por donde se me diera la gana. Creo, genuinamente, que estaba decepcionada. Que el año en Saltillo me quitó la esperanza en cualquier tipo de trabajo colectivo y voluntario, pero hace algunos meses encontré una organización que me hizo volver a creer y me regresó las ganas de luchar.

Luchar en pequeñito y en femenino, como deberían ser todas las luchas. Sin tanto ego, sin tanto protagonismo, sin tanto estruendo de por medio. Luchar con batallas chiquitas. Con los pasitos que, diría Galeano, nos acercan a la utopía y con los cantos que impedirían que la canción se haga ceniza. Encontrarme esta organización ha sido como volver a casa. Como si nunca hubiera dejado de pertenecer a esta bola de locos que creen que otro mundo, otra política y otro país es posible. Yo no lo hago por mi país, por eso te escribí esa carta a ti a quien mi país le hizo tanto daño, lo hago porque creo en nosotros, en la colectividad. Creo en los otros que, diría Volpi, son nuestra única certeza. Creo en apostar por construir con los demás y creo que ésa es la única forma de combatir el egoísmo que nos define y también nos separa. Que es la única forma de trascender, de amar, de vencer la separatividad, diría Fromm.

Lamento mucho que nunca nos hayamos vuelto a escuchar y lamento más que hayas tenido que cruzar la frontera con una mochila de mariguana, que fue lo último que oí. Lamento la vida que tuviste y la que estás teniendo. De cualquier manera, quisiera que supieras que trascendiste que tú, y tantos otros, me enseñaron mucho y que si te sirve de consuelo, sí hay más gente intentando que tu historia no se repita más.

Un abrazo,
Gina

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Alan Jiménez

Mis porqués

A mis seres queridos,

 

Sé que muchas veces me han preguntado las razones por las cuales me emociona tanto participar en este proyecto, tan alejado de casa y de ustedes, y es por eso que decidí escribir esta carta, porque quiero compartirles lo que me motiva a estar hoy aquí.

Durante toda mi vida he sido muy afortunado de poder estar acompañado de personas con un sinfín de aptitudes, valores y capacidades que me han forjado y han labrado la persona que soy el día de hoy. Que me han enseñado a apreciar la vida desde distintas perspectivas, que me han demostrado con su ejemplo que el deseo y la perseverancia son los factores más importantes para cumplir cualquier meta, que me han ofrecido siempre su tiempo y su apoyo sin importar la circunstancia y que al día de hoy siguen a caminando a mi lado, sin soltarse, sin soltarme. Es por estas personas por las que estoy aquí, intentando recuperar los espacios y el futuro que nos pertenece.

Ejemplo de estas personas a quienes admiro, está mi mamá, una mujer valiente que ha trabajado toda su vida sin descansar, para poder asegurarse que nunca me haga falta nada y quien me ha enseñado que el verdadero amor es desinteresado e infinito. O mi papá, quien es un ejemplo fehaciente de que la constancia y el orden son factores fundamentales en la búsqueda de cualquier objetivo y quien me ha enseñado a levantarme y a no rendirme, sin importar la adversidad de la situación. A ellos todo mi amor y mi agradecimiento total.

También están mis amigas y amigos, personas con las que comparto risas y llantos, alegrías y tristezas, ideales, aspiraciones, deseos y anhelos. Son quienes me acompañan en todo momento y en quienes encuentro un lugar para soñar, un lugar para imaginar e idealizar que un mejor futuro es posible. Un lugar donde se fermentan las ideas y se detiene el tiempo.

Por todos ustedes estoy aquí. Porque a pesar de que no estoy ahí en este momento, a su lado, como me gustaría, siempre me reconforto en sus notas de voz y sus cálidos mensajes de ánimo que me hacen sentir un poco más cerca de ustedes.

Pero también estoy aquí porque me corroe el hecho de pensar que algún día, a mis padres, les será difícil tener una vida de retiro digna, pese a lo mucho que han trabajado durante toda su vida. Porque me indigna pensar que Miri o Pau, mis mejores amigas, o cualquier otra mujer, puedan ser víctimas de acoso o  de hostigamiento a causa del machismo imperante en nuestra sociedad, o de discriminación laboral pese a tener el mismo nivel educativo que un hombre. Porque me rehuso a pensar que Jorge, o Juanfe, o Miguel, o cualquier estudiante, pueda ser desaparecido a manos del crimen organizado o del propio Estado, como los 3 en Jalisco, o los 43 en Ayotzinapa, -a quienes seguimos buscando- o los cientos de estudiantes que aparecen a diario en alguna fosa, en algún lugar del país. A quienes la suerte simplemente no les fue suficiente y que hoy, su vida se resume a una cifra más, a un número más, a un caso de impunidad más. Porque estoy convencido de que María, Armando, Tona, Luis, Tere, Roberto, Regina, Amin, Sofi, Raúl, Mariel, Merc, Ana, Amin, por decir sólo algunas de las personas que hemos trabajado en este proyecto, que hemos recorrido las calles y que nos hemos convertido en una gran familia, merecemos un gobierno que nos represente. Un gobierno que se preocupe por las necesidades de la población y no por los intereses de unos cuantos. Porque estamos demostrando que una política honesta y austera, es posible. Porque mientras los demás venden una marca, nosotros ofrecemos un futuro. Porque ya llegamos y vamos a reemplazarles.

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Daniela Dávila

Mis porqués

A Paty, Patricia y Juan, mi querida familia.

Les escribo porque sé que, aunque no me lo dicen, se han preguntado muchas veces por qué formo parte de este gran movimiento que me ha hecho salir muy temprano de casa varios días. Sin más rodeos, les cuento que hace algunos años, la realidad por fin rompió mi burbuja de privilegios que me impedía ver al México de las desigualdades. Las facilidades que nosotros tenemos son solo un sueño para muchos y eso, me indigna.

Crecí con mi abuelo y con sus pláticas de política en la mesa, acompañado siempre de un periódico y una taza de café. Escuché su hartazgo, originado de años de promesas falsas que solo lo dejaron inundado de decepción, pero también sentí en sus palabras esa esperanza que creo que todos aún tenemos, esa que nos hace pensar que no todos los políticos son iguales y que nuestro país no tiene por qué estar condenado a ser gobernado por personas que no nos representan.

He decidido tomar esa indignación y hartazgo para convertirla en acciones que sumen y en la campaña de Roberto Castillo he encontrado gente que está más que dispuesta a hacer lo mismo.

Soy ocupante porque un día más de indiferencia, es un día más de promesas sin cumplir, de esas que desilusionaron tanto a mi abuelo. Un día más de indiferencia, es un día más en el que dejamos que nuestro futuro se nos vaya de las manos, no lo permitamos.

Hoy estoy aquí porque quiero ser parte de una voz más incluyente, una que grite cada vez más fuerte las injusticias y que lo haga, sobre todo, por quienes ya no pueden hacerlo.

Quiero trabajar para que a nuestra ciudad no la mueva el clientelismo porque no quiero volver a ver a mi segundo hogar, ni a ninguno, caer.

Quiero pensiones dignas, que tengamos un mejor servicio de salud, que la educación sea de calidad y disponible para quien quiera, no para quien pueda, que los jóvenes no tengan un costo de oportunidad más alto de estudiar que de trabajar, que el salario mínimo sea digno y suficiente y que la ley proteja y haga valer los derechos de todas las personas, sin importar nada.

Pero, lo más importante, estoy comprometida a trabajar por una ciudad y país más seguro para las mujeres, porque quiero que María José, Silvana, Luciana, Isabella y Antonella no tengan miedo de salir a las calles, porque quiero que las respeten, que se expresen como ellas quieran; las quiero libres y vivas.

Eso es lo que me ha llevado a este lugar que me da esperanza, la misma que sentía cuando platicaba con mi abuelo. Ojalá viviera para que con sus ojos viera que ya estamos construyendo lo que él tanto deseaba, una comunidad muy fuerte que ya se encontró y que no se piensa soltar.

Familia, ustedes me han enseñado mucho, pero hoy, espero que yo pueda dejarles alguna enseñanza con esto también. Por favor no crean que un mejor futuro no es posible, que ya no les mientan, sí podemos hacer la diferencia porque la política nos pertenece a nosotras, las personas comunes, y vamos a recuperarla.

Les quiere siempre.
Daniela

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Andrés de Miguel

Querido Daniel:

Sé que te conocí cuando tú tenías 20 pero no me acuerdo porque no tengo memorias de mis primeros años. Mi recuerdo más viejo contigo es de una noche en el jardín de los abuelos en la que me decías que eras pirata. Era muy joven para entender que estabas bromeando conmigo y me sentía dividido entre incredulidad, temor y admiración. Esa sensación describe gran parte de mi relación contigo durante más o menos los primeros 11 años.

Eras mi único tío soltero, el más joven y el que hacía cosas que me parecían increíbles. Me contabas de tus viajes a las ruinas en Chiapas con los Lacandones, a las playas de Oaxaca, al Mar de Cortés con los Seris y a donde una selva con escaleras en espiral que no llevan a nada, se junta con el desierto y el bosque en la Huasteca.

Todas estas imágenes y lugares me volaban la cabeza, más aún cuando me decías que todo esto era en México; el país que yo veía desde el Bajío no me parecía tan increíble (aunque más tarde me enseñarías a apreciar eso, incluso).

Después empecé a venir al DF en los veranos y tú me ayudaste a desmitificar esta ciudad que hasta entonces era para mi un monstruo gris de contaminación e inseguridad. Los viajes en micro o en metro a los mercados me parecían una locura, mucho tenía que ver con el trato que tenías con las personas. Les hablabas de tú y se reían como si se conocieran de antes. Estos tales chilangos que de repente se volvían tan amables cuando dejaban de ser anónimos me parecían fascinantes. Ahora ese lugar se llama CDMX y ya llevo 10 años aquí.

Durante ese tiempo pasaste de ser un guía a ser un amigazo. El primero que se paró a mi lado con orgullo cuando salí del clóset y que literalmente me ayudó a caminar con la cara en alto y la mirada al frente. También en ese tiempo odié y amé a esta ciudad. Cada vez que su crudeza me daba una cachetada, alguien o algo me mostraba su lado más inesperadamente amable. Como cuando a las 6 am, la mujer indígena que iba junto a mi en el camión rumbo a la uni empezó a tener un ataque epiléptico pero nadie quería auxiliarla y tuvimos que ayudarle a bajar y dejarla sola en la banqueta porque sería imposible subirme en los siguientes camiones por lo saturados que iban; ese día había olvidado la cartera y la señora de las tortas de tamal y el de los jugos me fiaron para poder desayunar. O el día que iba en bici y un culero motorizado se me cerró e hizo que cayera en un hoyo que ponchó mi llanta en Tlalpan, pero un taxista que me vio caminando en la lluvia con la bici me ofreció llevarme aunque no trajera efectivo y le acabé pagando con tacos.

En esos años cambió la ciudad y yo con ella, pero tú también cambiaste. Decidiste hacer una familia con Beatriz y superaron todas mis expectativas, que eran bastante altas, por cierto. Ustedes 5 son la familia más unida y empática que conozco, una familia en la que lo más importante es el amor que se tienen unos a otros.

Ahora tu felicidad no surge de los viajes y las aventuras sino de tus hijos y de su propia felicidad. Te toca ver por el bienestar de tu familia por encima de todo lo demás y me duele que tengas que migrar al otro lado del mundo para asegurarlo, a pesar del amor que tienes por este país y esta ciudad. Me duele muchísimo que estés cansado de intentar cambiar la realidad de algunas personas con esperanza de que eso arregle un poco de todo lo que esta mal.

Yo también estoy cansado de que nada cambie, de las decepciones y la incertidumbre, pero así como tú y yo, habemos un chingo de personas cansadas. Afortunadamente algunas hemos encontrado combustible en ese hartazgo. Mi generación ha conseguido usar la tecnología para que la frustración individual genere un cambio colectivo y estoy viendo como nuestro trabajo poco a poco da resultados. Esta generación que no tiene un futuro está organizándose para construirlo entre todas nosotras, las personas.

No es la primera vez que te hablo de esto, últimamente no hablo de otra cosa, pregúntale a quien sea. Lo que pasa es que por fin encontré gente que está trabajando para cambiar la política y realmente creo que puedo generar un cambio si me involucro.

Así como te paraste firme junto a mi cuando creíste en mi capacidad de enfrentar a quienes decían que no podría ser feliz siendo yo mismo, ahora yo estoy firme junto a personas a las que nos dicen que no podemos cambiar la forma de hacer política y que no conseguiremos nada. Piensan que somos un grupo aislado de personas ingenuas y que están solas pero están equivocados, no tenemos duda de que traeremos un cambio. No me gusta pensar que somos filántropos, nos motiva tener empleos dignos y una vejez tranquila, pero también espero que esto deje un país menos violento y más digno al que puedas regresar con Beatriz y donde mis primos puedan tener un futuro.

Creo profundamente en que el trabajo que estamos haciendo dará fruto y estoy ansioso por pronto poder compartirlo contigo.

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Itzel García

El momento es ahora

A mamá:

Mami, te escribo en un lunes a las 11pm, mientras voy camino a casa en el metro, de regreso de una reunión del equipo que apoyamos a Roberto Castillo para que logré ser el primer diputado local independiente de la Cdmx.

Muchos pensarían que es un gasto innecesario de tiempo, y entiendo que a nadie nos sobra, pero he aprendido que es esencial hacer tiempo para aquello que te mueve. Otros me dirían idealista, que las cosas no pueden cambiar, que para qué me esfuerzo, pero es que he visto una y otra vez cómo pequeños actos sí hacen una gran diferencia.

Parecería que es arriesgado andar sola en las calles a estas horas, especialmente siendo mujer, y es verdad, sí lo es, al salir del metro, recorreré un corto camino de sólo 5 minutos, pero se sentirán como una eternidad cuando vea la sombra en el suelo de una persona acercándose detrás de mí. Es verdad, sí es peligroso, sí siento miedo, las mujeres sí vivimos con miedo, pero me has enseñado con el ejemplo a no dejar que el miedo me paralice, por lo que dejar de hacer cosas por todo lo que me puede pasar, no es una opción.

Me he unido a este esfuerzo porque creo al cien por ciento en este ideal que nos hemos planteado, en este proyecto de reimaginar la política y dignificarla, porque la corrupción y la impunidad nos están acabando como país y ya no estamos dispuestos a quedarnos viendo cómo nos roban un mejor futuro.

Compartiendo las calles con personas que tienen los mismos valores, principios e ideales que yo, he encontrado un espacio en el que pongo mi idealismo a trabajar, actuando acorde a mi deseo de tomar acción para mejorar a mi país.

Te escribo hoy porque sé que me extrañas y te hago falta especialmente los fines de semana, yo también te extraño demasiado. Pero quiero que sepas orgullosa, que estamos transformando la forma en la que se hace política en nuestro país, que estamos hartos de una clase política que cierra los ojos a los más necesitados y que no tiene ni un poco de vergüenza cuando se reparte los puestos de elección pública para beneficio propio.

Confío en que después del 1ro de julio regresaré a casa a festejar contigo el que hemos dado pasos firmes para recuperar la política para nosotras las personas y que estarás muy orgullosa porque pasé de la crítica a la acción, para empezar la construcción de un mejor país como el que tú soñaste en tu juventud.

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Yoli Ulloa

Por nosotras, las personas.

Deseo ser las piernas, los brazos, la sonrisa, la fuerza y la voz de aquellas personas que no la tienen, pero darian lo que fuera por dejarnos un mundo mas justo, equitativo y seguro.

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José Olaya

Necesaria y suficiente

¿Quién no ha escuchado la cantaleta de que “los pobres son pobres porque quieren”? La voluntad de salir adelante es necesaria, pero no suficiente. Las oportunidades hoy no son suficientes.

¿Quién no ha escuchado que “el cambio está en uno mismo? Pues la autoreflexión y autocrítica para aprender a vivir en sociedad es necesaria, pero no suficiente. No es suficiente que el pueblo sea consciente y trabaje por el bien común si sus gobernantes frustran este esfuerzo para mantener sus privilegios.

¿A quién, joven, no le han dicho que algún día su generación tomará las riendas del país? Es necesario darse cuenta de ello, pero no suficiente. ¿Por qué esperar? ¿Por qué no empezar a tomar las riendas, por ejemplo, desde este momento? Las problemáticas se acrecientan, la brecha de desigualdad se hace mas grande, la impunidad sigue a la orden del día y mientras mas tiempo tardemos en pasar de la concientización a la acción, mas difícil será encontrar soluciones.

El surgimiento de la candidatura de Roberto Castillo y la red de candidaturas independientes a la que pertenece van más allá de doctrinas, colores o intereses personales: resulta precisamente esa acción necesaria y suficiente para que las personas comencemos a actuar como una comunidad verdaderamente consciente de las problemáticas que enfrenta y trabajemos, juntas, por el bien común.

Para honrar mi padre, quién viajó desde su natal pueblo de Huiloapan de Cuauhtémoc, Veracruz, sin estudios y sin zapatos, pero con mucha esperanza a la Ciudad de México de poder sacarnos adelante a mis hermanos y a mi, me uno a este esfuerzo colectivo. Para que su caso afortunado no sea uno en un millón, para que poco a poco, lo que estamos construyendo desde aquí y ahora, desde nuestra querida ciudad, se concrete en una vida más libre y digna para todas las personas.

#VamosAReemplazarles

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Luis León

La responsabilidad histórica (el abuelo, mi abuelo)

Llevo varios meses caminando las calles, platicando con personas, teniendo momentos de todas las emociones positivas y negativas, pero también de esperanza, aunque sin duda de mucha nostalgia. Parte de estas calles que hemos pisado de manera constante son las de Coyoacán, con sus casitas de colores y empedrados, callejones y vírgenes en cada cuadra a la que pasamos con el espíritu enardecido por reemplazarles. Lugares que desde muy pequeño he visitado a la par de una persona de grandes relatos e intrépida aventuras.

Estas ganas de estar aquí, hoy, participando, se remontan ya a algunas anécdotas, cuentos y palabras que hace unos ayeres han construido algo en mí. Me hacen preguntarme la razón de por qué lo hago, qué es lo que me inspira, cuál es mi guía, qué es lo que me hace ausentarme en la mesa a la hora de la comida en casa de mis abuelos y precisamente ahí esta la respuesta ante mis cuestionamientos.

No puedo dejar de recordar diversas historias, esas que acompañan siendo casi un aperitivo más de la hora de de la comida, anécdotas que me contaban de pequeño y hoy reflexiono; de la Revolución mexicana, de la Guerra Civil Española, de la Segunda Guerra Mundial, del 68 e incluso de los mundiales. Estas las pienso y a la ves aparece la imagen de mi abuelo, Javier Hernández Díaz de la Vega.

Él siempre hace énfasis en decirme desde que tengo memoria que los niños y niñas son el futuro y los jóvenes responsables del cambio, con el tiempo fui creciendo y me di cuenta que es cierto, al día todavía me cuenta entre tantas historias, cómo se organizaba con compañeros para hacer acciones en comunidad por su amor a México y a las personas.

Esas historias las considero responsables, ya que sin ellas no estaría hoy parado de frente, tocando puerta por puerta, a los vecinos y vecinas de la colonia Santa Catarina, Villacoyoacán o La Conchita con la intención de llamar a hacer algo más campaña política, sino algo que quede presente en los rincones de esta hermosa delegación u hoy ya municipio, que no importa el reordenamiento de la ciudad, sus colores, sabores y gente son permanentes e inherentes a cualquier decisión política y por eso esta campaña es responsable y esta construida entre todas y todos, por que entendemos las historias y las compartimos entre quienes vamos caminando sobre este paso.

Mi abuelo incentiva en mí esta perseverancia y esperanza sin descanso, somos muchos los jóvenes que aquí andamos,

Abuelo como tu lo predijiste, como tu me lo mencionaste, los jóvenes somos los que vamos a reemplazar a esos políticos de “siempre” y no descansaremos hasta lograrlo, no se trata de partidos, no se trata de política, esto se trata de personas que son valiosas, tu responsabilidad histórica la traigo conmigo, ahí encuentro la fórmula para hacer esto y espero (con esperanza) contar una victoria la próxima ves que nos sentemos mi abuela, tú y yo por eso de las 3:00 pm. a comer los guisados y a beber agua fresca de jamaica o limón.

Nuestro movimiento crece más cada día, yo no estaría aquí si no fuera por ti, por tu sabiduría y experiencia, somos muchos los jóvenes que tu quieres ver en las calles, pero otra buena enseñanza tuya también es que la juventud no se encuentra en los años, se encuentra en las ganas por hacer algo, en la inspiración, en la pasión.

Aquí andamos y vamos a reemplazarles

 

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Mitzi Hernández

Lo que quiero de mi ciudad

La comunidad para mí representa el mejor apoyo que cualquiera pudiera tener para desarrollar un buen lugar para vivir.

Sentirse orgulloso de una ciudad, delegación, colonia, calle y de los vecinos, dan la satisfacción de sentirse en casa desde el momento en que uno llega a ese territorio.

Siento alivio y no quisiera imaginar lo contrario.

He vivido asaltos, uno cerca de mi casa que fue con arma de fuego. No pasó a mayores. La verdad, no pensé en las consecuencias y me eché a correr. Me detuve hasta que vi a una pareja y les pedí que no fueran a esa dirección, porque estaba un hombre con pistola.

En realidad, yo estaba muy alterada por la adrenalina y no me daba cuenta. Se ofrecieron a acompañarme a mi casa, mientras me daban frases de aliento para entender que ya había pasado todo.

Tuve mucha suerte, tanto de que el rufián no disparara, como de encontrar a esas personas.

Me han comentado de situaciones de agresión o inseguridad en las que los testigos prefieren no involucrarse y permiten acciones terribles, desde un manoseó a una chica hasta ver cómo golpean a un pequeño.

No quisiera eso para el lugar que habito. Quisiera primero, que ya no pasen esas situaciones y en caso de que ocurrieran, que hubiera más gente como la pareja que me ayudó. Dejar de pensar que nos ponemos en riesgo o que nos sacrificamos por el otro, sino tener en mente, que podemos ser ellos y que si construimos, lo haremos para todos.

Eso me convenció de la propuesta de Roberto Castillo, ya que se trata justo de crear comunidad, un trabajo continuo en el que los ciudadanos sean parte fundamental del cambio, mientras él pueda representarnos, ayudarnos y germinar áreas en el bien común.

Y poco a poco florece ese esfuerzo en conjunto, he conocido gente muy creativa, inteligente, educada, cuyo único interés es hacer de la CDMX un lugar mejor para todos.

La satisfacción el tal, que cuando veo el logo del arbolito, me da alegría y espero que esas raíces continúen expandiéndose.

#VamosAReemplazarles

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