Armando Sobrino

A mi compañera de aventuras y sueños, Ana:

Tú lo sabes, esta campaña me ha cambiado la vida. He conocido personas maravillosas y he aprendido más que en cualquier otro momento, pero también, esta campaña es el cierre de un ciclo personal y, en alguna medida, una vuelta al origen.

Hace 6 años fundamos una organización, Wikipolítica, para contribuir a crear un mejor país. Nos llamaron ingenuos, locos, ilusos y, en la mayoría de los casos, nos ignoraron. A tres años de la victoria de Kuma en Jalisco creo que puedo decir que nos falta mucho por hacer, pero vamos por buen camino. Hoy, somos miles las personas que creemos que es posible hacer política de forma honesta y colectiva. Las 17 candidaturas independientes de Vamos a Reemplazarles son prueba de ello.

Pero todo esto lo sabes, lo hemos vivido juntas. Lo que no sabes, en gran medida por qué logré entenderlo hasta hace muy poco, es que me trajo y que me mantiene aquí.

Era 2008, mi papá llevaba un año desempleado porque el dueño de la compañía se había declarado en bancarrota y había huido a Canadá. Estábamos a punto de mudarnos a una casa más pequeña, en una zona popular, pues ya no podíamos pagar la renta y ya no quedaba nada que vender. El banco había embargado el coche y las tarjetas de crédito estaban a tope.

Un día mi mamá me llamó emocionada y me dijo que había ganado una rifa. M explicó que, para recoger su premio, el interventor le pedía el código de cinco tarjetas de 200 pesos para recarga de celular. Mi primera reacción fue de incredulidad y, a pesar de su sonrisa, se lo dije: “es una estafa”. Mi hermano lo confirma. Mi mamá llora. Mi hermano, frustrado, alza la voz y, finalmente, ella responde: “es mi decisión, déjenme tener esperanza”.

Todavía recuerdo lo que sentí. Me derrumbé. Tomé los mil pesos y fui a comprar las tarjetas. La tienda estaba apenas a una cuadra pero jamás he caminado un trayecto tan largo. Sentía frustración, impotencia y coraje, pero también la sensación de que algo crecía en mí; que esto no podía quedarse así. Sentí, ahora lo sé, eso que los zapatistas llaman, la digna rabia.

Volví a casa y di las tarjetas a mi mamá. Recuerdo su voz al teléfono “mis hijos no le creen ¿verdad que no es una estafa?”. Supongo que el hombre le dijo que no y ella, uno tras otro, le dio los códigos. Silencio. Lo vi en sus ojos. No tenía que decírmelo. El hombre había colgado y ese último resquicio de libertad y esperanza se había esfumado con el tono intermitente de un teléfono cortado. Mi mamá perdió la ilusión y, durante mucho tiempo, yo perdí a mi mamá.

Semanas después nos mudamos a la nueva casa. Fueron tiempos difíciles pero también tiempos de mucho aprendizaje y calidez. Al inicio de esta carta te escribía que esta campaña, para mí, ha sido también una vuelta al origen. Me ha obligado a pensar porque hago lo que hago y después de mucha introspección, me he dado cuenta de que lo que viví esos años fue la razón inicial.

Y es que conocí la rabia pero también la esperanza.

Perdimos mil pesos en una estafa telefónica debido a la amabilidad y confianza de mi mamá pero también mi familia siempre tuvo lo indispensable gracias a esta misma amabilidad y confianza, gracias al amor que ha sembrado durante toda su vida y claro, gracias también a mi papá que en ese entonces se encontraba en otras ciudades buscando trabajo.

Cuando ya no pudimos pagar la renta, un amigo de la familia se hizo cargo; cuando el refrigerador quedó permanentemente vació, las invitaciones a comer se multiplicaron; cuando el calor hacía imposible caminar a la escuela, siempre alguien se ofreció a hacer una parada extra. Gracias a la amabilidad y confianza de mi mamá, mi hermano y yo aprendimos que el mundo está lleno de injusticia pero también de gente buena, de esperanza.

Sin todo ese apoyo, sin toda esa ayuda, no sé qué habría sido de mí. Le debo la vida y lo que soy a esas personas.

La rabia y la esperanza. El enojo pero también el amor me llevaron a dedicar mi vida al servicio público.

Sin embargo, mi familia es solo la mitad de la historia.

No basta con tomar una decisión, hay que seguirla. Una de las personas que más me ayudó en esos años difíciles es la misma que me sigue impulsando, día a día, a ser congruente, a seguir trabajando, a tomarme en serio nuestros sueños.

Hace 10 años, Roberto y yo llegamos a la Ciudad de México. No se lo digas pero no sé qué sería de mi vida sin las conversaciones que me convencieron de estudiar y luego hacer política; sin su apoyo en los momentos difíciles; sin sus constantes cuestionamientos; sin sus comentarios incómodos para obligarme a tomar riesgos. Gracias a Roberto conseguí mi primer trabajo, encontré mi vocación y, bueno, también gracias a él te encontré a ti.

Y no es casualidad. Yo no me habría atrevido a hablarte. Roberto siempre ha sido más valiente. Fue él quien me convenció de que una organización como Wikipolítica no solo era una buena idea sino una posible. Fue él quien me enseñó que a veces hay que dejar de pensar y comenzar actuar. Fue él quien, llegado el momento, decidió dar un paso al frente y poner su rostro, reputación y trabajo al servicio de nuestro sueño. De esta campaña.

Roberto siempre ha sido el corazón de nuestro equipo, el paso incesante que nos empuja a seguir caminando. No siempre es prudente o templado pero siempre, siempre es valiente y, más importante aún, es una persona que infunde de valor a quienes rodea. No podría pedir un mejor amigo o un mejor compañero de lucha.

Rabia y esperanza. Decisión y acción. Ésta es la historia que estamos escribiendo y no podría estar mejor acompañado: de ti, de Roberto, del equipo de campaña y de las personas admirables que se han unido a esta lucha.

Ana, gracias por darme la oportunidad de caminar a tu lado.

Con todo el amor,

Armando

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