Andrés de Miguel

Querido Daniel:

Sé que te conocí cuando tú tenías 20 pero no me acuerdo porque no tengo memorias de mis primeros años. Mi recuerdo más viejo contigo es de una noche en el jardín de los abuelos en la que me decías que eras pirata. Era muy joven para entender que estabas bromeando conmigo y me sentía dividido entre incredulidad, temor y admiración. Esa sensación describe gran parte de mi relación contigo durante más o menos los primeros 11 años.

Eras mi único tío soltero, el más joven y el que hacía cosas que me parecían increíbles. Me contabas de tus viajes a las ruinas en Chiapas con los Lacandones, a las playas de Oaxaca, al Mar de Cortés con los Seris y a donde una selva con escaleras en espiral que no llevan a nada, se junta con el desierto y el bosque en la Huasteca.

Todas estas imágenes y lugares me volaban la cabeza, más aún cuando me decías que todo esto era en México; el país que yo veía desde el Bajío no me parecía tan increíble (aunque más tarde me enseñarías a apreciar eso, incluso).

Después empecé a venir al DF en los veranos y tú me ayudaste a desmitificar esta ciudad que hasta entonces era para mi un monstruo gris de contaminación e inseguridad. Los viajes en micro o en metro a los mercados me parecían una locura, mucho tenía que ver con el trato que tenías con las personas. Les hablabas de tú y se reían como si se conocieran de antes. Estos tales chilangos que de repente se volvían tan amables cuando dejaban de ser anónimos me parecían fascinantes. Ahora ese lugar se llama CDMX y ya llevo 10 años aquí.

Durante ese tiempo pasaste de ser un guía a ser un amigazo. El primero que se paró a mi lado con orgullo cuando salí del clóset y que literalmente me ayudó a caminar con la cara en alto y la mirada al frente. También en ese tiempo odié y amé a esta ciudad. Cada vez que su crudeza me daba una cachetada, alguien o algo me mostraba su lado más inesperadamente amable. Como cuando a las 6 am, la mujer indígena que iba junto a mi en el camión rumbo a la uni empezó a tener un ataque epiléptico pero nadie quería auxiliarla y tuvimos que ayudarle a bajar y dejarla sola en la banqueta porque sería imposible subirme en los siguientes camiones por lo saturados que iban; ese día había olvidado la cartera y la señora de las tortas de tamal y el de los jugos me fiaron para poder desayunar. O el día que iba en bici y un culero motorizado se me cerró e hizo que cayera en un hoyo que ponchó mi llanta en Tlalpan, pero un taxista que me vio caminando en la lluvia con la bici me ofreció llevarme aunque no trajera efectivo y le acabé pagando con tacos.

En esos años cambió la ciudad y yo con ella, pero tú también cambiaste. Decidiste hacer una familia con Beatriz y superaron todas mis expectativas, que eran bastante altas, por cierto. Ustedes 5 son la familia más unida y empática que conozco, una familia en la que lo más importante es el amor que se tienen unos a otros.

Ahora tu felicidad no surge de los viajes y las aventuras sino de tus hijos y de su propia felicidad. Te toca ver por el bienestar de tu familia por encima de todo lo demás y me duele que tengas que migrar al otro lado del mundo para asegurarlo, a pesar del amor que tienes por este país y esta ciudad. Me duele muchísimo que estés cansado de intentar cambiar la realidad de algunas personas con esperanza de que eso arregle un poco de todo lo que esta mal.

Yo también estoy cansado de que nada cambie, de las decepciones y la incertidumbre, pero así como tú y yo, habemos un chingo de personas cansadas. Afortunadamente algunas hemos encontrado combustible en ese hartazgo. Mi generación ha conseguido usar la tecnología para que la frustración individual genere un cambio colectivo y estoy viendo como nuestro trabajo poco a poco da resultados. Esta generación que no tiene un futuro está organizándose para construirlo entre todas nosotras, las personas.

No es la primera vez que te hablo de esto, últimamente no hablo de otra cosa, pregúntale a quien sea. Lo que pasa es que por fin encontré gente que está trabajando para cambiar la política y realmente creo que puedo generar un cambio si me involucro.

Así como te paraste firme junto a mi cuando creíste en mi capacidad de enfrentar a quienes decían que no podría ser feliz siendo yo mismo, ahora yo estoy firme junto a personas a las que nos dicen que no podemos cambiar la forma de hacer política y que no conseguiremos nada. Piensan que somos un grupo aislado de personas ingenuas y que están solas pero están equivocados, no tenemos duda de que traeremos un cambio. No me gusta pensar que somos filántropos, nos motiva tener empleos dignos y una vejez tranquila, pero también espero que esto deje un país menos violento y más digno al que puedas regresar con Beatriz y donde mis primos puedan tener un futuro.

Creo profundamente en que el trabajo que estamos haciendo dará fruto y estoy ansioso por pronto poder compartirlo contigo.

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